pueden cambiar el mercado y la producción; para eso hay que tomar conciencia, y tengo la impresión que la información está calando. Ya no da igual. Por eso, los consumidores reclamamos cada vez más que nos digan de dónde vienen los productos que utilizamos, qué se ha usado en su cultivo o fabricación, qué aditivos o fertilizantes incorporan, y cómo afectan al medio ambiente, y de una forma clara.
Mi propósito para cuidar a mi familia este año es llenar mi despensa y mi casa de todo lo que no agrede a nuestro organismo ni al medio ambiente. Cuando consumo algo, quiero tener la certeza de que en su fabricación no explotan a trabajadores, agricultores, mujeres o niños del Tercer Mundo, y que no contiene ingredientes contaminantes o tóxicos ni extraños aditivos con nombres indescifrables.
Exijo saber cómo se han alimentado los animales que voy a comer, si los han hormonado, con qué los engordan, y si el jamón de york que les doy a mis hijos tiene gluten, el chorizo lactosa o el pan de molde grasas. Seguro que ya lo habéis hecho alguna vez, pero empezad a leer las etiquetas con atención y os llevaréis más de una sorpresa (eso sí, una vez que se descifra qué hay detrás de cada término).
No entiendo muy bien la necesidad de comer fresas en octubre y melones en abril o alimentos que tienen que ser tratados en mil laboratorios para que soporten días de viaje de un extremo a otro del mundo, mientras se pierden los cultivos tradicionales y las especies autóctonas. Simplemente con empezar a preguntar, cuando vamos a la compra, y rechazar aquello que no tiene la suficiente información, el efecto mariposa se pone en marcha.
Así que preguntemos con qué fertilizantes y pesticidas están tratadas las verduras y las frutas que metemos en nuestra bolsa. Tenemos el derecho a saber qué le ponemos en el plato a nuestros hijos. Y nosotras, poquito a poco, podemos hacer mucho.
Haga click aquí para leer más artículos de ar-revista.com